A continuación, encontrarás una lectura sencilla y 11 preguntas de opción múltiple con un formato y nivel de dificultad similar al de la prueba oficial acerca de la misma. Para simular las condiciones de la prueba, puedes configurar un temporizador digital de 12 minutos y 22 segundos en tu teléfono móvil, que es el tiempo que tendrías para contestar 11 preguntas de esta sección. Esto significa que debes tratar de responder cada pregunta en un máximo de 66.66 segundos. Si no logras responder una pregunta en este lapso, avanza a la siguiente para asegurarte de responder todas las preguntas que puedas. Si todavía te queda tiempo disponible al final, puedes regresar y revisar las preguntas que dejaste en el camino.
Para comenzar el cuestionario, desliza hacia abajo, encontrarás las preguntas por debajo de estas instrucciones. Para finalizar el cuestionario y ver tus resultados da clic en el botón «Terminar Cuestionario» que se encuentra al final de la página.
Puedes tomar el cuestionario las veces que quieras dando clic en el botón «Reiniciar». Si deseas ver la explicación a cada respuesta, haz clic en el botón «Ver respuestas» que aparece después de terminar el cuestionario.
Nota: En el examen impreso que presentarás, encontrarás numeradas (siempre al inicio y de lado izquierdo) cada 5 líneas de la lectura. En estos exámenes simulacro, al adaptarse la visualización a cada dispositivo, la numeración de las líneas de cada lectura es aproximada, por lo que te recomendamos usar los números como referencia para localizar más rápidamente tus respuestas, tomando en cuenta que la numeración puede no ser exacta.
Texto literario
Lectura sencilla
La lectura trata sobre la propiedad por Rafael Barret.
Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel.
Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia.
(5) Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llenó para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado (10) del cerco una mirada hostil.
Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas al intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en la casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada
(15) inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco y devoraban el maíz mojado consagrado a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté a uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus
(20) amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.
¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio.
(25) El espíritu del mal se ha apoderado de mí.
Antes era un hombre.
Ahora soy un propietario.